domingo, 14 de diciembre de 2014

Es más que en las pupilas donde se delatan las emociones.

Las pupilas delatan las emociones, pero es el conjunto facial el que importa

Pedro Hernández-Guanir


 Son varios los estudios, como el del psicólogo estadounidense Albert Mehrabian, que evidencian que la palabra sólo tiene un 7% en el poder de influencia en los demás. Y uno de los aspectos de esa influencia, al menos de su expresión, son las pupilas.
 Precisamente, en relación a las pupilas, Joaquín Sabina, en una de sus canciones, dice: Sus palabras decían de memoria lo que dicen todas, [sin embargo] sus pupilas contaban historias para no dormir.
Un ejemplo muy traído es el de la excitación sexual, de forma que si una persona nos atrae sexualmente, nuestras pupilas se dilatan, pero es que también se puede interpretar en sentido inverso, y es que si nos encontramos con una persona con las pupilas dilatadas, es más probable que nos excite sexualmente que si las tiene contraídas.
Parece que la dilatación de las pupilas es un lenguaje universal recíproco. De ahí que en las mujeres de la  Roma clásica o las cortesanas, en la Edad Media, se impregnaran los ojos de Atropa Belladona (Bella Señora), una planta para dilatarse las pupilas, como símbolo de belleza y producir esa admiración o excitación. También era una de las «hierbas de las brujas».

Es cierto que las pupilas son la puerta de la luz. Equivalen al diafragma de las cámaras fotográficas, de forma que a mayor luz, menor abertura; y a mayor oscuridad, el iris deja pasar toda la luz que sea posible.
 Hay toda una tradición sobre la expresión de las pupilas. 
Los comerciantes chinos han usado el lenguaje de la dilatación de las pupilas para saber si un cliente estaba interesado o no por un producto.
En realidad, desde hace unos 2.500 años, era destacado el valor de la lectura no sólo del iris, sino de toda expresión no verbal, tanto en la China anterior a Confucio, donde era toda una profesión la lectura del rostro, como en la Grecia clásica, en que existía el estudió de la fisiognomía. Éste fue iniciado por Pitágoras, hasta el punto de que elegía a sus discípulos en función de lo que leía en sus rasgos faciales y en la expresión del cuerpo en general.
Creo que hay que considerar las pupilas de nuestros ojos, sobre todo, como indicadores del potencial de energía cognitiva usado por nuestro cerebro. Así, Hess, en su estudio «Pensar rápido, pensar despacio», muestra que las pupilas se dilatan progresivamente en la medida en que se incrementa la dificultad de las operaciones aritméticas.
Es probable que la dilatación de las pupilas no sólo obedezca a un incremento emocional positivo, sino también negativo, como signo de «mayor necesidad de luz». De hecho, las pupilas también se dilatan cuando algo llama la atención o  cuando se debe tomar una decisión, pues se necesita más activación mental, por ello suele haber coincidencia con la tensión de los músculos del estómago o con el incremento de la adrenalina.

Sin embargo, hay que tener cautela con cualquier planteamiento atomista o reduccionista en la lectura no verbal, porque, en realidad, ponemos en juego muchos otros aspectos faciales importantes como la sonrisa, que es tan significativa como la mirada, aunque más camuflable, o los músculos de la frente, o los del contorno de los ojos o de la boca.
Tanto es así que llegamos a construir cada uno de nosotros algo tan decisivo como es nuestro rostro social. Hay que pensar que en el proceso de socialización, cada persona, desde que nace, va manteniendo diferentes interacciones con los demás, de sonrisas, bromas, afecto o enfado, que, en conjunción con nuestra disposición genética, fabrica ese rostro social que es nuestro RETRATO en sociedad.  
Además, el semblante muestra el grado de diplomacia de cada uno, tal como explica Teresa Baró, experta en habilidades de comunicación personal: «La socialización exige que camuflemos sentimientos que no podemos evitar, actuar tal como intuimos que los demás quieren que actuemos. Es cuestión de supervivencia»…

Un niño no es responsable de la expresión de su rostro, pero, para sí un adulto, según Abraham Lincoln, que rechazó a una persona para su gabinete porque no le gustaba la cara, considerando que «Cualquiera mayor de 40 años es responsable de su rostro».
La importancia de los ojos no sólo está en las pupilas. Es fundamental, por ejemplo, el grado de mantenimiento o dirección de la mirada, pues define la relación entre interlocutores. Para establecer diálogo con alguien empezamos buscando el contacto visual, de forma que desviar la vista es un claro mensaje de rechazo.

 En estudios realizados en la interacción profesor-alumno, conocemos que la dirección de la mirada, el tiempo que se le da a responder a un alumno o la actitud de la mirada manifiestan que dependen del nivel económico del alumno, del nivel intelectual y de otras variables «seductoras» que se cuelan inconscientemente en el profesor o profesora, tal como hemos desarrollado en nuestro libro Educación del Pensamiento y de las Emociones (Pedro Hernández-Guanir, 2010). 
 Sabemos, también, como indica Baró en su obra La gran guía del lenguaje no verbal que «las personas de estatus superior miran menos a las de estatus inferior».
Asimismo, la mirada indica la personalidad. Es evidente que las personas más seguras y extrovertidas miren más a los ojos y pueden mantener más el contacto visual, a diferencia de las más inseguras y tímidas, que suelen apartar la mirada con más facilidad.
Lo más curioso es lo que se suele decir respecto al  movimiento de los ojos, pues si la mirada se mueve hacia la derecha, corresponde a pensamientos de futuro, ideas nuevas o procesos imaginativos, mientras que si es hacia la izquierda, se trata del pasado o de recuerdos.
Hablamos de los ojos, pero la sonrisa y la risa es de los mejores indicadores para hacernos una idea de los demás,  pues es de los recursos que poseemos para conectar socialmente.
Además está el valor higiénico de la risa. «Incrementa la producción de anticuerpos, reduce los niveles de colesterol y estimula la liberación de endorfinas. Y emocionalmente ayuda a liberar el estrés, a reducir el temor y la angustia».


Yo añadiría que las sonrisas y risas «auténticas» no sólo liberan en nosotros endorfinas, sino promocionan bienestar social pues contagian nuestro bienestar a los demás,  que, a su vez, ellos, de rebote, nos devuelven más bienestar, creándose un clima interactivo y multiplicativo de endorfinas.

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